Aquí os enseño mi última obra, un retrato de mi padre hecho del natural, a lo largo de dos o tres semanas aproximadamente, en poses diarias. Es un óleo de 122 x 95 cm.

El retrato del natural es un trabajo muy complejo, pero a la vez excitante. Esto se debe a que te enfrentas a cambios constantes que te obligan a trabajar con gran rapidez, además de ir haciendo modificaciones continuas, con lo cual el cuadro se convierte en algo mucho más vivo, como si fuera una criatura que va creciendo de una manera mucho más natural. La frustración de no poder pintar en un día nublado, por ejemplo, se contrasta con la avidez de la siguiente jornada de trabajo, en la que casi devoras el cuadro (cayendo tal vez en acciones precipitadas que luego habrán de ser corregidas, pero que al fin y al cabo subyacen en el resultado final aportando riqueza).

Otro factor básico en el retrato del natural es que te da la posibilidad de captar la expresión real y auténtica de la persona, puesto que no existe un gesto forzado nunca en su cara, sino un conjunto de expresiones diferentes que luego van a ser recogidas en una sola, dando lugar al verdadero rostro del retratado. Además del retrato como representación, existe un flujo de comunicación continua entre modelo y pintor, y esto queda de alguna manera misteriosa registrado en el cuadro.

Por desgracia, hoy en día no podemos permitirnos hacer este tipo de retratos siempre, puesto que exige un sacrificio impuesto en el modelo, que no todos están dispuestos a permitir, o sencillamente, no les es posible por los ritmos acelerados en que vivimos. En este sentido he de agradecer profundamente a mi padre su paciencia y su buena disposición.

He de añadir que este retrato podría (y debería) continuarse, algunas partes deberían elaborarse más, o corregir otros fragmentos, pero debido al cambio de luz de agosto a septiembre, es imposible continuarlo. Así pues, he decidido dejarlo así, ya que en lo elemental está terminado.

 

 

 

 

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